con esa sonrisa tonta….

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Ni te buscaba, ni te esperaba, ni me gustaste…

Creo recordar que fue por casualidad. Coincidimos en una cafetería. No te vi observarme desde tu mesa, oyendo cada palabra que pronunciaba, absorta en mi mundo de ediciones y revistas!

– En serio! Prefiero las fotos en blanco y negro, mates. Deben acompañar, no inundar el espacio!

Tropezaste conmigo de frente, haciéndome casi caer, sujetando mi brazo  a tiempo para evitarlo,  justo por un codo.

-Quién te sujeta por un codo?

Algo saltó dentro de mí como un resorte.
Fue raro!
Casi inmediatamente sentí aversión.
A mí que me gusta todo el mundo.

Mis notas, bocetos,  el portátil, el  móvil….   Todo salió despedido,   mientras tú me atraías hacia tu cuerpo,  evitando que cayera.

Por los aires, terminando repartido y mezclado con café,  mantequillas y zumos naturales..,acabó mi trabajo de los últimos tres meses, y yo mientras, contra tu cuerpo,  rompí a llorar sin control alguno.

Así me quedé un rato mientras me abrazabas como una niña pequeña,  llorando por todo ,  los amigos falsos, los seres que se fueron a otros mundos,  menos terrenales. Los malos amores, los negocios fallidos.

Todas las lágrimas salieron de golpe y me abandonaron en aquella cafetería amarilla de polígono,  sobre tu chaqueta de alpaca,  respirando contigo, intentando calmarme, acompasando mi respiración sin saber que había pasado.

– Vámonos -dijiste, mientras me conducias a tu coche.

Y allí me quedé,  sollozando,  mientras te vi alejarte,  para volver enseguida con lo que quedaba vivo de mi trabajo.

Me secaste las lágrimas,  y yo me apoyé contra tu pecho, sentados en el coche, hasta recomponerme. No preguntaste nada,  sólo te quedaste en silencio,  acariciándome el pelo.

Supongo que me fui, sin más.
Ha sido de lo más raro que me ha ocurrido nunca.

Entre el pequeño desastre en que se habían convertido mis cosas, apareció una tarjeta tuya:

“Llámame cuando te apetezca llorar y pásame la factura “.

Y te llamé para darte las gracias!
Me sentía….,  no sé cómo me sentía,  pero tenía que darte las gracias.
Quise invitarte a comer, aunque no hubo manera de cuadrar nuestras agendas. Por un motivo o por otro, encontrábamos una excusa para llamarnos y charlar de lo terrenal y lo divino.

– Dónde andas?
– En la oficina!
– Y yo – y sonó el timbre de la puerta!

Habían pasado casi dos meses de aquel fortuito encuentro ,  y hoy aún te cuesta salir de mi cama y a mí quitarme la sonrisa tonta!

Sin duda, me quedo con la vida en directo para enamorarme.

Isabel J.

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