…Un año más, ni uno menos!

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Yo estaba allí,  justo a la hora precisa, en el momento y lugar justo.

Soy impuntual por delante.  No suelo perder los nervios,  pero llegar tarde me supera, así que llego antes, casi siempre.

Y aquel día estaba allí,  esperándote, en una gasolinera,  frente a un pub amarillo de carretera.

A pesar de tus antecedentes ,  mi arma permanecía en la guantera del coche, y yo me estaba arrepintiendo de haber quedado en una gasolinera,  pasaban ya dos minutos de la hora, y allí estaba prohibido fumar. Así que me alejé lo suficiente para controlar el perímetro,  y fumar un cigarrillo.
Los cinco minutos de cortesía estaban a punto de llegar a su fin, y tan sólo hay una cosa que me moleste más que llegar tarde, y es que me hagan esperar.

Casi era medio día, de un día nublado y húmedo,  frío,  lo típico para Diciembre, en Londres.

Subí el cuello de mi abrigo, volví a ponerme los guantes mientras apagaba el cigarrillo con la puntera del tacón,  observándote de reojo,  mirando a tu alrededor,  buscándome.

Entré en el coche,  cogí mi arma,  me pinté los labios, y te hice señas con la mano para que me siguieras al pub.
Curiosamente me seguiste inmediatamente.
Curiosamente no nos conocíamos de nada.

– Señora…? – dijiste,  esperando que te dijera mi nombre.

– Un café por favor, Sr. Connor, con una nube de leche.

El ambiente de aquel garito estaba cargado,  sucio, oscuro.

– Dígame en qué puedo ayudarla, no me gusta perder el tiempo – dijiste sin quitar tus ojos de mi chaqueta, ahora abierta.

Puse un sobre cerrado sobre la mesa, y las llaves de un motel cercano, habitación 22.

– Le espero a las cinco,   y traiga alguna prueba de que ha muerto.  Sea puntual por favor!

Y me fuí.
Esperaba no volver a verlo, y me fui directamente al motel,  a pesar de ser Fin de Año, de un año cualquiera.
Aquel no sería un año más.
Mi marido moriría esa tarde y yo sería libre. Podría haberme divorciado sin más,  pero entonces dejaría de llevar los negocios de La Familia.
Así que él debía morir, y tú debías ser su asesino.

Llené la bañera de agua, encendí unas velas, abrí una botella de vino, y me sumergí en el agua casi hirviendo,  mientras te esperaba.

Debí quedarme dormida, porque no te oí llegar, sólo sentí tus manos en mi cuerpo,  lavándome suavemente,  intentando no despertarme.
Y te dejé seguir.
No recordaba que nadie me hubiese bañado nunca, y resultaba de lo más excitante.
Me incorporaste en la bañera,  me pusiste de pie, y lavaste todo mi cuerpo,  poniendo directamente el jabón en tus manos,  y yo te dejé.

-Shsss, tranquila,  relájate! – dijiste mientras tus dedos se abrían paso entre mis piernas.

A la mañana siguiente,  aún acurrucada en tu cuerpo, susurraste :

– Me encantan tus juegos amor! feliz Aniversario.

Isabel J.

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