….desaprendiendo, día 3

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Hace ya unos años,  una querida amiga, a la que por cierto,  hace demasiado que no abrazo,  me dijo un tanto enfadada:

-Tú nunca pierdes la compostura?

Yo estaba en la playa, tomando el sol, con mis pensamientos,  cuando ella me llamó.
Hacía un par de días que su familia me había avisado, de que andaba nuevamente perdida,  entre copas y bares, bebiéndose las penas,  o vaciando los bares. Esto último dependía completamente del grado de cariño.

Así que cuando oí su voz al otro lado del teléfono,  no me importó que fuera medio día de un Domingo festivo.
Cogí las chanclas,  el libro,  la toalla, y sin mirar el estado de mi pelo, me dirigí con Gustavo al restaurante más pijo de la ciudad, a rescatarla.

Gustavo era mi coche de aquel entonces, un escarabajo verde, de lo más hippie.

Tal cual,  envuelta en un vestido largo,  playero,  entré en el restaurante. Me paré en la barra a pedir una copa de Alfonso, sobre todo por evadirme del resto del mundo, que se encontraba al completo en el salón principal,  aquel medio día de Agosto,  y me senté,  como si acabara de salir de la ducha, y tuviera una cita importante,  armandome de valor, mientras intentaba localizarla.

Pareció que todos los temas de conversación del mundo se habían agotado en aquel mismo instante.  Sólo existía yo, fuí durante unos minutos la única cosa interesante que mirar. 
La realidad es que estaba fuera de lugar, aunque sirvió para que mi amiga me viera también,  y se acercara titubeante,  más por el efecto del alcohol de la noche anterior que por mi pelo revuelto.
Hice un gesto al camarero,  tendiendole un billete,  para que se cobrara la cuenta de las dos, antes de que ella llegara hasta donde yo estaba, con un par de señores, colgados de sus brazos.

Nos presentó educadamente, aunque una de esas miradas de pocos amigos,  que guardo para ocasiones especiales,  hizo que se diluyeran con el calor del medio día.

-Hay que ver cómo vienes!

-Tenemos que irnos! No vengo arreglada para la ocasión!

Con cierta tristeza en la mirada, dándose cuenta,  en parte creo, de que sólo estaba allí para rescatarla de la vida,  hizo una mueca, mientras me seguía hasta Gustavo.

La historia se repitió demasiadas veces durante todo el verano, el invierno siguiente,  los siguientes años…, hasta que un día me harte de rescatar animalitos perdidos.

Ahora,  en cuanto mi cabeza y mi corazón se ponen de acuerdo en que algo no nos gusta,  o no estamos cómodos,  ni siquiera se preocupan en dar explicaciones.  Nos vamos con la música a otra parte.

Quizá no sea lo más adecuado,  ni lo más correcto,  aunque la vida me ha enseñado que si no te ocupas de tí mismo, absolutamente nadie lo hará. Preocuparse sólo sirve para crear ansiedad en un ya maltrecho corazón,  así que coge tus chanclas y ni te preocupes de sacudirte la arena de la playa de los pies.

Levanta la cabeza,  Princesa, que se te puede caer la corona!!!

Isabel J.

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