…desaprendiendo , día 8

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He tenido que irme de tu vida.
Ya, ya sé que nadie me ha empujado a hacerlo. Mis motivos pueden no parecerte serios. Pero créeme,  es lo mejor que podía hacer a estas alturas de nuestra novela de amor.

A veces, es necesario irse, alejarse de la vida, del trabajo, de tu cómodo sofá, del amor conocido, de tí.

Estoy seguro de que aunque lo entiendes, debes estar odiándome, o no, no lo sé,  ya no me cuentas tus cosas nunca.

Como decía mi abuelo: “No te precipites. Cuando llegue el momento,  cuando estés preparado, lo sabrás”.

Nunca entendí demasiado bien sus palabras. Por desgracia,  mi abuelo sólo me acompañó un pequeño trecho del camino,  así que nunca he llegado a decirle cuanto lo quiero,  y cómo, aún,  a nada de cumplir demasiados años  sin tí,  acabo de entender el significado.

Todo empezó sin querer, no sé si lo recuerdas,  no hace tanto tiempo. Sin embargo yo, lo tengo latiendo aún en mis pupilas.

No parabas de hablar, y yo me notaba nervioso, torpe, pero, quería creer que tenías tantas ganas de besarme, cómo yo de morderte los labios.

No lo hagas! – me dije

Y fue cuando te arrinconé contra la barra de aquel café y me acerqué para robarte el primer beso.

No recuerdo que te apartaras,  aunque sólo me dejaste rozar tus labios.
Aún mantengo aquel recuerdo en mi alma, dulce, cálido.

Me ha encantado besarte! – me atreví a decir cuando te dejé en tu coche.

– No sabes lo que es besarme – dijiste con aire de niña rebelde y descarada.

Cada beso, cada palabra,  todas las miradas, todos y cada uno de los abrazos.  No uno, sino todos los escalofríos, la piel erizada. Tu forma de vibrar con sólo acercarme. Esa humedad de tu cuerpo al tenerme cerca…

No quiero ni puedo olvidar mi vida contigo.

Aunque,  como en las comédias románticas americanas, de los Domingos por la tarde, yo me notaba que era el momento de comprar un anillo de diamantes y pedirte de rodillas que te quedaras para siempre.  Necesitaba decirte que eres la mujer de mi vida, y que no quiero más amaneceres si no son a tu lado. Había llegado el momento de pedirte que fueras mi mujer.

Nunca supe algo con tanta certeza.

Si fuera valiente,  lo haría ahora mismo. Sé que aún no es tarde.
Incluso ayer, después de decirte adiós,  debería haber ido a buscarte.
Pero no lo hice, no tengo el coraje de decirle a mi mujer que tú eres la mujer de mi vida, que siempre fuiste tú.  Que todos los caminos,  todos los errores y todos los aciertos en mi vida, me llevaban hacia tí. Que incluso ella, una maravillosa mujer, algún día encontrará un amor como el tuyo y sabrá que lo que siempre creyó que era amor, no era ni un lejano eco de lo que es. Que llevo metiendo la pata toda la puta vida,  qué no sabía lo que era el amor hasta conocerte.

Debería,  pero no tengo el valor.
Así que te he dicho “hasta luego”.  Tampoco he tenido suficiente valor para decirte adiós a tí,  no del todo.

Y ahora sé,  a ciencia cierta,  y con todas las pruebas en mi contra, que tú si eres la mujer de mi vida, pero yo no soy el hombre de la tuya.

Si me ves feliz. Si te cuentan que ando de fiesta, o los diarios te hablan de mí,  no los creas, sólo es fachada, sólo intento ocultar que estoy roto por dentro,  que soy consciente de que eras tú,  mi amor.

Isabel J.

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