….dragones azules… 


No recuerdo mi vida antes de mi padre.

De pequeño,  competía con mi hermano. Siempre hubo un regalo como premio a las buenas notas, y nuestro padre nos lo enseñaba justo antes de cada evaluación, con un pequeño cuento que siempre empezaba del mismo modo :

 Aquel era un mundo lleno de Dragones Rojos y Bruno era sólo un pequeño Dragón Azul…..


Me acostumbré a luchar hasta el final, a querer ser el primero,  ser mejor,  siempre, como Bruno, luchando por sobrevivir en un mundo de fuego y peligros. Si lo conseguía, recibía el premio, y si no, me quedaba con el cuento. 

No seas uno más: conviértete en la persona que te gustaría conocer, sé siempre un Dragón Azul.

 

Nuestros premios eran sencillos: un trozo de pan recién horneado, una pelota que alguien abandonó a su suerte, unas zapatillas sin agujeros que algún día te quedarían bien. Padre convertía todo lo que tocaba en algo mágico y así nos lo hacía sentir.  

Hay que luchar por aquello que quieres,  pero cuando lo haces con todas tus fuerzas, siempre consigues una recompensa.

Él ,se dedicaba a vender la chatarra que recogía.  Todo aquello que la gente estirada de la gran ciudad desechaba  era  fuente de ingresos para nosotros y la mayor “gruta de los tesoros”  que un niño pueda imaginar. En nuestra pequeña fabela había lámparas mágicas,  alfombras voladoras,  puertas secretas a mundos paralelos, y mucho amor.

Recuerdo una infancia absolutamente feliz.

No había manera de darnos cuenta que vivíamos casi en la indigencia,  porque nuestro entorno era aún peor. Los otros niños debían trabajar en el campo, o recorrer kilómetros a diario para mendigar una limosna en la capital,  no estudiaban y la mayoría no contaba con un padre como el nuestro que se ocupara de ellos.  Éramos afortunados, en nuestro pequeño universo abandonado a su suerte, teníamos un padre que convertía en magia todo aquello que tocaba, y la magia,  para un niño pequeño es mucho más importante que comer o respirar.

Un día,  al volver de la escuela,  un carro grande y brillante atropelló a mi hermanito,  y ni siquiera paró. Nos dejó allí,  tirados en la cuneta,  igual que a tantos perros,  muriendo desangrados. Aquello marcó un antes y un después en mi mundo de niño. Estaba inconsciente,  ya había muerto,  pero yo, con apenas 9 años, aún no lo sabía.

Me quité toda la ropa para acomodar a José en una improvisada cama,  mientras corría desnudo a buscar a nuestro padre, llorando,  bajo la lluvia,  gritando,  pidiendo ayuda.

Los recuerdos de aquel día son borrosos. No teníamos teléfono,  nadie iba a venir a rescatarnos. Mi padre me puso su raida chaqueta y me siguió,  corriendo,  esperando lo peor.

José ya estaba muerto cuando llegamos. Los días que siguieron los recuerdo oscuros, tristes. Un pequeño funeral con flores silvestres que recogimos juntos ,  y la tierra lo cubrió para siempre.

Padre intentó seguir, como si nada hubiera ocurrido,  con sus premios sólo si era el primero,  pero yo lo oía llorar desde mi cama, cada noche. Apenas aguantó un año más sin que la tristeza lo consumiera,  y  pasé a manos del Estado,  convirtiéndome solo en un número más,  absorbido por la burocracia de no ser, en un mundo lleno de niños sin padres.

Perdido,  solo, sin familia,  me así a lo único que me quedaba,  estudiar, imaginando los premios que nuestro padre atesoraba para nosotros: balones, zapatillas,  una bicicleta,  sopa caliente, y Las Aventuras de Bruno, el Dragón Azul. 

 Y pasaron los años. 

Es indiferente cual es mi oficio actualmente. Os contaré que soy afortunado y que con mi trabajo tengo dinero suficiente para tener una casa digna, y la nevera llena. Y he decidido honrar la memoria de mi hermano y mi padre, siguiendo su ejemplo. El nos enseñó la grandeza de las pequeñas cosas. Aún no tengo una esposa,  aunque eso no me impedirá ser padre, como lo fue el mío. Entre sus cosas encontré unos viejos papeles que demostraban que mi hermano y yo, fuimos acogidos siendo aún bebés y ni siquiera éramos hermanos biológicos, aunque eso no impidió que José fuera mi hermanito y Juan el mejor de los padres.

Y estoy nervioso. Ya están todos los papeles en regla,  hoy recojo a mis hijos. Yo, seré su padre,  y desde hoy no estarán más solos, porque me tendrán a mí para cuidarlos y convertir su pequeño mundo en Magia, además,  tengo Las Aventuras de Bruno,  el pequeño Dragón Azul… 


Isabel Jiménez 

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