…una carta para Santa

Hubo un tiempo en que mis demonios y yo estábamos de acuerdo en mudarnos a vivir a tu infierno,  nos bastaba con tomarnos de las manos,  con mirarnos a los ojos, y era suficiente alimento para el alma.

Aún recuerdo el tacto de tu piel en mi cuerpo,  la piel tiene memoria,  dicen,  la mía se eriza al recordarte amor.

Yo no quería hacer sufrir a nuestra hija,  el infierno de un divorcio y tú,  no querías renunciar a sus travesuras constantes,  y seguimos fingiendo normalidad,  sin renunciar a las sábanas mojadas de deseo.

Pero nos alejamos sin remedio sin querer evitarlo, nos fuimos dejando morir poco a poco. Es terrible cuando un “pero”  se interpone en una pareja,  es una señal inequívoca del principio del fin, una de las palabras más putas que conozco.

Y egoistamente seguimos fingiendo ser una familia,  sin darnos cuenta que nunca podríamos dejar de serlo.  Somos los padres de Valeria y eso es imposible cambiarlo.

Si le hubiésemos preguntado a ella, nos habría contado que está harta de vernos discutir,harta de ese frío que invade la casa siempre que estamos cerca. Harta de ver como nos marchitamos lentamente desde que nos instalamos a vivir en la infelicidad.

Ella nos observaba, sonriendo cuando nos sentíamos a solas,  mirando la pantalla del teléfono. Sabía que éramos más felices cuando no estábamos juntos,  aunque nosotros tardamos en aceptarlo.  Hay veces que el amor no muere,  sólo se transforma en otra cosa,  pero los mayores somos tan torpes que tardamos tiempo en darnos cuenta.

Lo nuestro se transformó en una especie de hotel,  donde nos esforzabamos para no coincidir por los pasillos. Dejamos de tocarnos, para alcanzar otras manos, otros cuerpos donde habitar,  donde encontrar el centro del universo en unos instantes robados,  prestados entre semana,  envueltos en trabajo, reuniones extraordinarias o viajes de negocios.

Y ella, tan pequeña y viendo lo que tratábamos de esconder bajo una gruesa capa de indiferencia,  en pleno junio escribió una carta a Santa Claus:

Querido Santa :

Te escribo con tiempo porque este año quiero un regalo para mis papás y sé que es mucho más difícil de conseguir que un juguete nuevo.  Ellos ya no se miran como novios y no son valientes para vivir en casas distintas,  como los papás de algunas de mis amigas.

Quiero una casa nueva para mis papas,  una para cada uno. Sé que serán más felices si no viven juntos y yo seré mucho más feliz si los veo sonreír todo el tiempo,  así no tendrán que discutir nunca más.

Hay veces, que las cartas que escriben los niños a Santa, llegan primero a los papás,  porque Santa no tiene tiempo para atendernos a todos y pide ayuda a los padres.

Así fue, como esa única carta que Valeria escribió en Junio,  llegó a tiempo a sus padres,  una copia a cada uno,  justo unas semanas antes de la Navidad.

Aquella fue la última vez que se oyeron las risas juntas de Marie y Brian en la casa de Valeria.  Debían apresurarse si querían encontrar dos casas para mudarse a vivir por separado.  Sobre el tema de dónde y cuando estaría Valeria,  decidieron que fuera ella la que eligiera fechas.

Con apenas ocho años recién cumplidos,  aquella fue la mejor y más mágica de las Navidades de Valeria. Aclaró todas sus dudas sobre la existencia de Santa.  Ahora sabía que existía,  y da igual que los regalos los pidan los padres o los hijos,  si lo pides con todas tus ganas,  los sueños se cumplen.

Y tú? ,  qué vas a pedir a Santa?  Tienes ya la carta escrita?

Isabel Jiménez

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