…47… (un toque de rojo imperfecto )

Había una película de la que no recuerdo el nombre, donde la protagonista siempre iba vestida de verde hierba.

Le ocurrían toda suerte de desgracias aunque siempre caía como los gatos.

Debió ser durante su adolescencia,  y al igual que otros adolescentes cualquiera deciden adoptar una estética u otra, ella decidió ir siempre vestida en blanco y negro,  con un toque de rojo.

Aquello que podía parecer una tontería , temporal,   marcó por completo su existencia,  y la trasladó a vivir dentro de una película de Almodóvar aunque en el cine que se hacía en los años 40 -de esto último Malena no era consciente.

Vivía la vida que le había tocado con toda la normalidad que le podía corresponder.

Fue así como un día cualquiera él la vió sentada  en esa cafetería mugrosa y oscura que tanto le gustaba ,para esconderse de la vida. Sentada al fondo, envuelta en un halo de misterio con sus zapatos rojos.

Y no pudo dejar de mirarla todo el tiempo que pudo alargar el café.

Así fue como “Le Fenestras ” consiguió un par de clientes habituales más .

Henry llegaba puntualmente poco antes de las 8 y Malena ya estaba allí. Siempre estaba allí. Formando parte del decorado.

Ella,  inmersa en su ajeno mundo, tras tres meses de citas no fijadas, se preguntaba si él se atrevería a pagarle algún día el café.

Él,  que pensaba que ella ni siquiera lo había visto,  ya tenía un perfecto cuadrante de todas las rutinas de Malena .

Se había dedicado a seguirla hipnotizado por aquellos zapatos rojos de los Lunes, la cinta borgoña anudada al cuello los Martes, el bolso Chanel de los Miércoles , el sujetador que se dejaba entrever bajo el vestido cóctel de los Jueves, el impresionante vestido lencero de los viernes noche, y así,  día tras día,  tono sobre tono, llego a conocer de memoria toda la paleta cromática de Malena . Rojo sobre Rojo.

Un día que Henry llego tarde a la cafetería,  cruzó la mirada con Malena,  que salía precipitadamente , corriendo,  cambiando su rutina.  Dudó un instante y la siguió.

Aquella no fue una velada cualquiera en Le Fenestras que perdió a sus dos únicos clientes,  así que Marcel , el tabernero, decidió cerrar temprano por primera vez en su vida.  La noche era fría. Una noche de finales de Noviembre,  envuelta en la bruma que traen los anocheceres en las ciudades de costa.

Malena podía oír unos pasos urgentes tras ella. Se sentía segura de que era Henry y desaceleró sus pasos.  Era viernes noche . Sonaron las once en el reloj de la Torre. Y el vestido lencero a Malena se le escurrió hasta los pies. No quiso girarse para ver a Henry, justo a su espalda .

La cinta borgoña que solía anudar a su cuello los Martes , y que perdio tiempo atrás, quedó flotando en el río cuando la corriente arrastró el cuerpo.

Le Fenestras volvió a abrir a la mañana siguiente.  Henry regresó cada día a eso de las 8 para tomar un café.

A Marcel siempre le fascinó el vestido de los viernes y lo guardaba con esmero en el cajón del cambio, bajo la barra.

Isabel Jiménez

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