Principios y finales

Hay principios explosivos.

Principios tranquilos que apenas lo notas.

Nuevos principios que nacen de finales.

Principios de punto y seguido , también de punto y final.

Hay principios que no nacen nunca, de miedo se quedan inmóviles, como de piedra.

Y luego estás tú.

A veces, te encuentras de golpe en un principio y no lo notas hasta que es tarde para no empezarlo. Vienen disfrazados de otra cosa. Cuando quieres darte cuenta,  ha comenzado ya, y es como estar en el cine a mitad de la película : no te sales por no molestar,  a todo el público parece interesarle mucho.

Hay principios que llegan a suicidarse cuando sienten haber comenzado. Es algo que a veces notas tarde y el único camino es la muerte.  Un comienzo no tiene marcha atrás ni devolución ni nada. Abierto el paquete no hay periodo de reflexión. O te lo quedas o eclosiona en tu cara.

Los principios son ovíparos.

Hay principios que no saben que lo son. Llegan por casualidad. Incluso hay veces que no llegan. Sencillamente ellos se tropiezan contigo y se sienten tan confusos como tú.

No tienes nada que ver con todo esto.

Tú y yo nos estamos dando cuenta de todo. Parece que vas a desbocarte y tiro de las riendas. Y me dejas hacerlo. Puede que sientas tanto miedo como yo. Que prefieras no complicarte la vida. A final de cuentas, sólo buscamos que todo encaje y no quede saldo negativo y en este tipo de comienzos,  sospecho que siempre descuadran las cuentas.

Hay principios que son comienzos y esos son los más peligrosos.  Un comienzo es tener la mitad de la historia escrita y sospechar de ante mano cuál será el final.

Yo prefiero no tener uno de esos contigo,  los finales no me gustan.  Viví demasiados y remontar el vuelo con las alas rotas es practicamente imposible. Dudo que pudiera volver a hacerlo.

Realmente no tengo claro que nuestro comienzo no haya sucedido aún.  Había un final en ambos sentidos y nos ayudamos a pegar los trozos rotos del puzzle y ahora , desconcertados, no sabemos que hacer con la resilencia que se nos quedó encima de la mesa del comedor.

Si no fuera plastificada la usaríamos de mantel. Ya sabes que no concibo manteles que no sean de lino.

Lo peor de todo es que cogimos la costumbre de dormir abrazados. Acurrucada en tu cuerpo se duerme genial ahora que ya se empieza a sentir la llegada del verano en tiempos de virus.

Y no es melancolía.  Es miedo.

Miedo a que me juntes las piezas. A que me partas los miedos.

Miedo a no querer bajarme de la vida. Miedo a cobrarte los cuatro polvos que me debes y a ser de verdad una nueva especie mutante , mitad atún,  mitad dragón,  y tener que nadar porque olvidé como se vuela.

Miedos que nacen por esporas y sospecho que se tropiezan conmigo a propósito.

Yo de natural valiente tengo alergia al corazón y tú,  haciendo oposiciones para entrar con plaza fija.

¡Sonríe Campanilla! -me dices , y me encanta

Isabel Racero

6 Comentarios

  1. Qué capacidad para leer el alma… cada una de las palabras de tu relato me hace aguas y me rompe en pedazos… ya quisiera poder decirlas con contundencia y fuerza a quien no he sido capaz de decírselas ….

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